Hoy pienso en aquel hombre ya mayor que esperaba el bus. En cómo se le ilumino la cara y en lo joven que parecía con aquella media sonrisa. En cómo nos miraba, cómplice de lo nuestro, de nuestras risas, de nuestros juegos. Sabedor, como nosotros, del profundo significado que ocultaba todo aquello. Y pienso si él pasaría por lo mismo que yo.
Por las tardes de verano, por las risas en los ojos. Si habrá sentido ese nudo en el estómago, si conocería los infinitos matices de los ojos de alguien o se deleitaría con los reflejos del sol en su pelo. Si pensaría en ella de madrugada, si amaría hasta el éxtasis, si le estallaría el pecho de amor.
Y comprendo que si, que ha pasado por todo eso y mucho más.
Me pregunto cómo acabaría su historia.
Pero ya no me contesto porque, egoísta, estoy pensando en mí.
Quiero ser la mujer ya mayor que espera el bus, cómplice de otra historia de amor. Quiero unas arrugas como las de ese hombre, arrugas de felicidad. Quiero recordar esto toda mi vida. Quiero que mañana alguien se pregunte por lo nuestro y acabe pensando en lo suyo.
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