Aquella noche se acostó pensando que no podría dormir. Pero debió de conseguirlo porque, tras un lapso de tiempo que no sabría precisar, algo la despertó. Abrió los ojos intranquila y sólo estuvo a tiempo de ver cómo se deshacía el haz de luz que la puerta entreabierta había dejado pasar. Entonces supo que no estaba sola. Al principio tuvo miedo pero enseguida descubrió la identidad de la misteriosa figura que se le acercaba en silencio. Fue su olor quien lo delató. ¿Cómo ha entrado y qué quiere tan tarde?, se preguntó. Examinó a tientas la pared hasta toparse con el frío interruptor, pero entendió rápidamente que no debía encender la luz. Para ese entonces, él ya estaba a su lado; se había sentado en el borde del colchón y apartaba las sábanas con cuidado. Acariciaba su pecho y su vientre suave pero firmemente. Entró inmediatamente en calor, notó cómo se enervaba cada fibra de su piel y deseó poder prolongar ese instante hasta… Pero no fue así. Sin previo aviso recibió el peso de otro cuerpo sobre el suyo; un peso que no le era desconocido, el mismo que había esperado lo que ahora le parecía una eternidad. Y fue ella la que buscó sus labios encendidos y los mordió excitada, y fue ella la que lo llevó a tomarla casi salvajemente, y fue ella la primera que se durmió después… Una sensación de vacío la sacó del sueño: le faltaba ropa y le sobraba cama. Cambió de posición decepcionada y sintió clavarse una espina diminuta en su costado. Fue mayor el sobresalto que el dolor. Llevó la mano a la herida pero halló primero suavidad de terciopelo que agarró sin precaución. Sobre el blanco de una sábana, salpicada de gotitas de sangre escarlata, yacían ella y una rosa roja. Me estoy volviendo loca, pensó. Y así era.
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