Cierra los ojos y se mece suavemente al compás de su caja de música.
Una bailarina gira incansable sobre su eje envuelta en las notas melancólicas que se escapan de esos engranajes.
La madera, que apenas conserva ya barniz, podría contar mil historias como la de ella. Podría contar como su madre o su abuela pasaron también incontables tardes meciéndose sentadas a su lado, con esa sonrisa que ella tiene ahora y con el pecho a punto de reventar de amor.
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