Para los momentos bonitos. Para los momentos tristes. Para los momentos indescriptibles. Para los días grises. Para las noches en vela. Para las tardes que nunca se acaban. Para sentir saborear, disfrutar, sonreír y en algunos casos hasta para gritar de puro placer. ¡Shhh! Cállate, mente sucia. Es posible experimentar todo esto sin tener que flotar con un beso, agradecer un abrazo, quedarte sin aire de tanto reir, sentir una caricia (o algo más.) ...
Sí, damas y caballeros, me refiero al fantástico mundo de los dulces, los pasteles,el chocolate, la cocacola. En fin, la fuente de la felicidad. Me refiero al último piso de la pirámide. Al séptimo cielo.
Puedes encontrar trocitos de felicidad y optimismo en cada bocado, en cada sorbo. Es algo mágico.
Cuando era pequeña y venía una amiga a mi casa, la mejor parte de la tarde era, sin duda, la merienda. Un generoso Don cola-cao con cereales de esa droga llamada: chocolate. Otras veces nos perdía la nocilla. Seamos sinceros, ¿qué es una infancia sin azúcar? Es como un libro a medio leer. Te estás perdiendo la mejor parte. Porque realmente, cuando eres una enana, parece que los quilos no quieren aposentarse en tu trasero o en tu tripa.
¿Y qué me dices de las nubes que nos comprábamos al salir de clase? ¡Nunca una cosa rosa me gustara tanto!
Este pequeño mundo azucarado es el remedio de cuya eficacia nadie duda.
Y... Al fin y al cabo, nuestro objetivo es ser felices, ¿no?
Un beso muy dulce.
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