Despacito resbalaba una lágrima por su mejilla, despacito se movían las manecillas del reloj; despacito y con tiempo se cerraban sus heridas.
Faltaban muchos segundosy horas y días y años para recuperar la fuerza de su sonrisa y probablemente jamás volvieran a sonreír sus pequeños ojos; pero sobraba el tiempo para el perdón, que en su enorme corazón no había sitio para el rencor a quién tanto daño le había hecho.
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