Echo una última carrera mientras me río, el agua me salpica con cada paso, pero no me detengo hasta llegar a mi particular meta. Me dejo caer en la arena y espero a que él llegue. Se sienta a mi lado y me mira, su boca no sonríe pero sus ojos si lo hacen. Le guiño un ojo y transmite esa felicidad a su boca, creando así esos maravillosos hoyuelos en su cara, suavemente iluminada por un sol que no quiere irse; cómplice de tantas parejas al atardecer, un sol que quiere captar unos segundos más de nuestro idilio. Y al final, cambian las tornas, y somos nosotros quienes queremos captar esos segundos de él. Lo vemos esconderse; tímido y vergonzoso, asustado por haber sido descubierto; tras unos montes. Y nos despedimos de esa gran bola de fuego agarrados de la mano. Y esperamos, tumbados en la arena, besándonos y girando abrazados, a que salga la luna.
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