Y ahora sé que le quiero. Y ahora me lamento. Cierro los ojos y veo todas aquellas tardes de besos. Todas aquellas noches de pasión en las que crecíamos y madurábamos y todas esas mañanas en las que volvíamos a ser niños jugando entre las sábanas. Cocinar juntos y acabar llenos de harina, lavarnos los dientes entre incontrolables ataques de amor. Y ver películas encogidos en el sofá y compartiendo esa manta, que aún ahora huele a él. Y lo perfecto que era todo. Perdernos en el monte sin prisa por encontrarnos y, más tarde perderme en sus brazos. Esconderme del mundo en su abrazo. Reír y llorar y abrazar y besar y cantar y entender y apoyar y bailar y sonreír y guiñar y estar y amar. Y después, el miedo. Miedo porque es perfecto. Ese miedo atroz que me encogía el estómago. Miedo a despertar, a no estar a la altura, a caer ahora que creía tocar el cielo. Miedo a hacerle daño o a hacérmelo yo.
La maleta, la huida, los llantos sin nadie en quién apoyarme. Y ahora, sentada en este rincón de esta casa vacía me doy cuenta de que le quiero, de que no puedo estar sin él, de que le he hecho daño y me lo he hecho al irme, que no he estado a la altura. Pero, ante todo, me doy cuenta de que estoy dispuesta a todo por él.
Y vuelvo a huir, pero esta vez sin maleta y con destino sus brazos.
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