Era el primer día de verano en aquella playa. Las seis de la tarde y el sol allí arriba, observándolo todo.
Yo, yo iba caminando junto a la orilla, huyendo de las olas y otras veces dejándome atrapar por ellas; como una niña. La brisa me apartaba el pelo con cuidado. Mis ojos, verdes y caprichosos, jugaron a encontrarte entre toda aquella gente. Luego vinieron las sonrisas tímidas de no saber qué hacer.
Por suerte para mí, tú te acercas. Demasiado. Y me dices que te alegras de estar ahí conmigo. Y que quieres parar el tiempo.
Completamente rendida, sin palabras, sin lógica, sin esquemas. Perdida.
Luego me abrazas y yo no soy capaz de cumplir la maldita promesa. Miramos hacia el mar, luego yo elijo tus ojos azules como destino. Después rodeas mi cuello con tus manos y te acercas, tanto que puedo respirar tu aliento.
Tus labios y los míos y nada más importa.
A un beso le siguen las caricias, a las caricias los susurros y a los susurros un amor más profundo que cualquier herida. Un amor que rueda por la arena y que no tiene miedo a un final seguro.
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